domingo, 31 de marzo de 2013

Morir y resucitar

El otro día nos cruzamos con mi vecino, una persona ya muy entrada en años. Nos aclaró que no se iba de paseo, sino al entierro de su amigo.
— Pues no he oído las campanas—, le comenté.
En mi pueblo las campanas tocan a muerto cada vez que alguien se muere. Lo hacen con tanta insistencia, o son tantos los difuntos, que resulta extraño comprobar que a pesar de ello mi pueblo sigue teniendo un buen número de habitantes.
— Hoy no tocan las campanas porque el señor ha muerto—, nos aclara.
Nos miramos perplejos. Sabemos que un señor ha muerto porque él mismo nos dijo que iba al entierro de su amigo. Y también sabemos que las campanas tocan cada vez que alguien fallece, ya sea un señor o una señora, o un niño o una niña

El hombre insiste:
— Es que hoy es el día en que el señor ha muerto y por eso no las tocan.
Uno aprende que las cosas no se hacen siempre de la misma manera. Los toques de difunto son diferentes según la clase del finado, que podía ser de primera, segunda, tercera, cuarta, quinta o de caridad, de párvulo o de ángel. Para los hombres hay un toque, para las mujeres otro; para los miembros del clero otro distinto, y otros si el fallecido era el párroco, el arzobispo o el papa.

De repente caigo en la cuenta de que mi vecino no se refiere a su amigo cuando dice que hoy ha muerto el señor, sino al Señor, con mayúscula. Es decir, a Jesús de Nazaret. A Jesucristo.

La muerte del Señor, con mayúscula, anula la del señor, con minúscula, que es, o era, su amigo.

Pero, anoche las campanas sí sonaron. Repicaron de tal forma que casi nos revientan los tímpanos. El motivo no era otro que anunciarnos que un señor había resucitado. Por un momento pensé en el amigo de mi vecino. Pero no, se trataba más bien del otro, del Señor con mayúscula.

Al parecer, el párroco debió pensar que eso de que alguien resucite alegraría nuestros oídos y nuestros corazones. De concedérsenos una prórroga, ¿nos alegraría la vida? ¿Qué haríamos una vez resucitados? ¿Reclamaríamos posesiones? ¿Nos darían una pensión? ¿Nos atenderían en el centro de salud? ¿De qué viviríamos? ¿Tendríamos que trabajar? ¿Podríamos tener más hijos? ¿Más amantes? ¿Veríamos los partidos de fútbol y las carreras de Fórmula 1? ¿Iríamos al cine o al teatro? ¿Conduciríamos? ¿Leeríamos los libros que dejamos empezados? ¿Seguiríamos escribiendo en el blog?

Bueno, al menos esto último ya lo intento.

sábado, 30 de marzo de 2013

Astros y fogones

He vuelto a ver 'Con un toque de canela' (2003) dirigida por Tassos Boulmetis que también escribió el guión. En ella se nos cuenta una de esas historias donde parece que pasan muchas cosas y en realidad no pasan tantas.

Son más importantes, en cambio, las cosas que se dicen los actores y las que nos cuenta el narrador.

En su película, Boulmetis nos invita a reflexionar sobre cómo nuestras vidas se cocinan en la política sin que nosotros podamos intervenir en ellas. De hecho, el título original de la película es Πολίτικη Κουζίνα (Politiki Kouzina), así que no es de extrañar que la mayor parte de las escenas ocurran en las cocinas o alrededor de las mesas. Nuestros protagonistas, o son cocineros o son comensales, salvo raras excepciones.

Nuestra forma favorita de relacionamos es mientras comemos. Celebramos cumpleaños, bodas y bautizos. Concertamos cenas románticas o comidas de negocios. Conversamos en cocktails de presentación, coffe-breaks o almuerzos diplomáticos.

Por otra parte, también es cierta la afirmación del abuelo de Fanis Iakovides:
«Las relaciones sin discusiones son como las bodas sin música».
A veces las comidas no salen bien, las conversaciones se tensan, la música se para, y nos alejamos de quienes queremos.

El sitio también nos marca. No es lo mismo vivir en Atenas que hacerlo en Estambul o en Ankara. ¿De dónde somos realmente?

No hay que confundir tampoco la gastronomía con la astronomía y, sin embargo, casi tienen las mismas letras. Para rizar el rizo, nuestro protagonista reúne las cualidades de un buen gastrónomo y las de un gran astrónomo.

Y es que ver la vida desde los fogones nos da una perspectiva muy distinta a la que obtendríamos si se nos permitiera observarnos desde otro planeta. Pero, ¿si consiguiéramos cambiar nuestros puntos de vista, cambiaría también la manera en que cocinamos nuestras vidas?

Yo creo que sí.

viernes, 29 de marzo de 2013

Sobre el Proyecto Inmortalidad

La muerte nos priva de los bienes que la vida podría ofrecernos en el caso de seguir viviendo. Según Arcadi Garriga, si admitimos que la muerte es un mal en sí mismo, podemos suponer que el bien absoluto sería vivir para siempre. (GARRIGA, Arcadi. 'De la mort'. Navplamundi, 2013)

A John Martin Fischer, profesor de filosofía en la Universidad de California en Riverside (UCR), le han encargado la tarea de su vida: investigar la inmortalidad. Pero se trata de un proyecto en serio, es decir, con un presupuesto y un plazo de entrega que aunque finitos no dejan de ser dignos de tan inmensa tarea: cinco millones de dólares y tres años.
«La universidad californiana ha explicado que se trata de la subvención más grande jamás otorgada a un profesor de humanidades. En este sentido, ha explicado que la Fundación John Templeton ha financiado anteriormente la investigación en temas tales como la complejidad, la evolución, el infinito, la creatividad, el perdón, el amor y el libre albedrío». (Libertad Digital, 27/03/2013)
La pregunta a la que Fisher y su grupo de científicos tendrán que enfrentarse es la de «si el hombre puede aspirar a la vida eterna en este mundo o en otro posterior y de si merece la pena que esa opción, con los muchos avances de la medicina, llegue algún día a cristalizar, vivir de forma indefinida». (SCARPELLINI, Pablo, en El Mundo, 27/03/2013)

Según Nínro Ruíz Peña, de NoticiaCristiana.com, Fischer no cree en la vida después de la muerte, pero eso no ha impedido que la John Templeton Foundation le confíe la dirección del proyecto que financia. (RUÍZ PEÑA, Ninro, en NoticiaCristiana.com, 14/08/2012)

Norteamericano, pero nacionalizado británico, sir John Templeton (1912-2008) simpatizaba con las ideas neoliberales de Milton Friedman (1912-2006) para quien la libertad individual resulta fundamental para el progreso económico, social y espiritual. Fiel al espíritu del individualismo posesivo, Templeton murió en las Bahamas, un paraíso fiscal. Tenía inquietudes religiosas pero gozaba de una mentalidad abierta y desdeñaba las interpretaciones literales de la Biblia, tan en boga en los Estados Unidos.

Pero cuestionarnos la vida eterna es algo que los humanos ya hacíamos antes de que se escribieran las Sagradas Escrituras. De hecho, Platón ya dejó bien clara su atracción por la idea de un alma inmortal:
«Que todo lo que os he dicho del estado de las almas y de sus residencias sea aproximadamente así, creo que puede admitirse, si es cierto que el alma es inmortal, y la cosa vale la pena de correr el riesgo de creerla. Es un azar que es hermoso admitir y del cual debe uno mismo quedar encantado.». (PLATÓN, en 'Fedón o la inmortalidad del alma'. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
La idea de tener un alma inmortal puede no resultar tan atractiva si se piensa en ello dos veces.

Vivir eternamente, pero ¿qué clase de vidas? ¿Justas o injustas? ¿Míseras o acomodadas? ¿Tristes o alegres? ¿Divertidas o aburridas? ¿Con o sin clases?

Hoy, nuestras vidas se desarrollan en un marco caracterizado por el éxito del neoliberalismo que supone acaparar la riqueza por unos pocos mientras se recorta en todo aquello que podría hacernos la vida terrenal más llevadera a unos muchos: educación, sanidad, pensiones, servicios públicos... Y ocurre que los mismos que se enriquecen y nos imponen tales recetas, como los de la Fundación Templeton, son quienes se dedican a derrochar una fortuna en investigar sobre una improbable vida en el más allá.

¿Por qué no dedicar tales recursos a estudiar cómo mejorar la vida aquí en la Tierra?



La imagen procede de este enlace: http://desmotivaciones.es/1010102/La-inmortalidad